PREVENCIÓN

Jugarse la vida

          No cabe duda de que desde que nacemos, estamos expuestos a numerosos riesgos y que, aunque parezca que vivimos en sociedades tan avanzadas que nos protegen de todo, el riesgo es en realidad algo inherente a la propia existencia. No obstante, si bien el riesgo no puede ser suprimido al cien por cien, sí que puede y debe ser reducido.

        En el campo de lo psicológico, muchos autores y científicos intentan desde hace tiempo identificar con exactitud los factores de riesgo, especialmente en la población infanto-juvenil, a fin de prevenir numerosas disfunciones y psicopatologías futuras en la población tales como adicciones (alcoholismo, tabaquismo, a sustancias ilegales, al juego), trastornos alimentarios o conductas de riesgo que provocan enfermedad, mala calidad de vida y  muerte prematura (desde infecciones por VIH hasta accidentes de tráfico). Esta línea de trabajo, conocida como estrategia de riesgo, es altamente interesante. No obstante, dado que a dicho riesgo contribuyen también factores no modificables como las características socio-demográficas, o factores comunitarios y socioculturales que no dependen de nuestra acción directa, en PSICOVACUNAS desarrollamos y aplicamos vacunas psicológicas para prevenir riesgos concretos como los trastornos alimentarios o la adicción al juego.

          Además, en PSICOVACUNAS adoptamos la línea de investigación actual cuyo foco de atención está centrado en los factores de protección, definidos por Jessor como aquellos recursos personales, sociales e institucionales que promueven el desarrollo exitoso del adolescente o que disminuyen el riesgo de que surja un desarrollo alterado, superando así incluso una actitud solo preventiva. Es decir, no podemos meter al niño en una burbuja, menos aún en la sociedad de la información actual en que vivimos, ni tampoco dependen de nosotros, como individuos, padres o empresas los recursos sociales e institucionales. Pero sí los recursos personales, pudiendo así dotar a nuestros jóvenes de herramientas que les protejan a lo largo de su vida.

          Siguiendo esta línea, de factores protectores de la salud del adolescente, es de donde surge el concepto de resiliencia que permite explorar la posibilidad de proteger, en el sentido de inmunizar, de las conductas de riesgo y de sus consecuencias. La analogía con las vacunas es interesante: lo que se logra al inmunizar no es eliminar la exposición al agente patógeno, sino obtener una protección que hace improbable que el factor de riesgo provoque daños. Tomando como ejemplo las drogas, es difícil esperar que nuestros hijos no entren nunca en contacto con ellas, pero sí cabe pensar que podemos dotarles de destrezas para rechazarlas. El concepto de resiliencia surgió justamente de la observación de niños provenientes de ambientes altamente carenciados, sea por motivos socio-económicos, sea por problemas familiares, y que sin embargo presentaban un desarrollo plenamente satisfactorio. El estudio de estos niños que rebotan frente a la adversidad es especialmente interesante.

          La resiliencia ha sido definida de diversos modos por distintos autores. “Resiliencia es el proceso y la capacidad de llegar a una adaptación exitosa a pesar de circunstancias desafiantes o amenazadores” (Garmezy). Según Vanistendael existen dos componentes en la resiliencia: la resistencia frente a la posibilidad de destrución, o sea la capacidad de proteger la propia identidad bajo presión; y la capacidad de construir un estilo de vida positivo pese a circunstancias difíciles.

          Entre los factores protectores encontrados por múltiples estudios empíricos se encuentran:

  • Un apego seguro por lo menos con un progenitor u otro adulto significativo.
  • Correcto apoyo social percibido: familiares, amigos, vecinos, profesores, compañeros.
  • Pertenencia a grupos saludables (e.g. clubs de deporte, de ajedrez, compañías de teatro, de baile, bandas de musica).
  • Clima educativo abierto, positivo, orientador, con normas y valores claros.
  • Modelos sociales que valoren el enfrentamiento positivo de los problemas, representados por los padres, hermanos, profesores o amigos.
  • Balance adecuado entre responsabilidades sociales y expectativas de logro (por ejemplo, en el rendimiento escolar).
  • Competencias cognitivas (nivel intelectual promedio, destrezas de comunicación, empatía, capacidades de planificación realista).
  • Características temperamentales que favorezcan el enfrentamiento efectivo (flexibilidad, orientación optimista a los problemas, capacidad de reflexionar y controlar los impulsos, capacidades verbales adecuadas para comunicarse).
  • Experiencias de autoeficacia, con locus de control interno, confianza en sí mismo, y autoconcepto positivo.
  • Actitud proactiva frente a situaciones estresantes.
  • Experiencia de sentido y significado de la propia vida (valores, entendidos en el sentido de guías o principios que acompañan a lo largo de la existencia y que conforman la personalidad).

La casita de Vanistendael

          Mediante la metáfora de La Casita de Vanistendael se representan los ámbitos interrelacionados que permiten promover la resiliencia.

Foto: Guzmán Lozano via photopin cc

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